El mundo de Sofía: Recuperar el asombro
Volver a Pensamiento Crítico
Crítica Literaria

El mundo de Sofía: Recuperar el asombro

Carolina Molina
09 Jun 2026

Una invitación a cuestionar aquello que damos por sentado y a recuperar la capacidad de asombro a través de un recorrido por la historia de la filosofía.

¿Eres una persona curiosa? Si la respuesta es sí, o incluso si hace mucho tiempo dejaste de hacerte preguntas, creo que este libro tiene algo que ofrecerte. Cuando comencé a leer El mundo de Sofía, pensé que encontraría una novela destinada únicamente a explicar la historia de la filosofía. Me equivoqué. Lo que encontré fue una invitación constante a cuestionar aquello que damos por sentado y a recuperar una capacidad que parece escasear cada vez más: la capacidad de asombro. Quizás esta sea una de las ideas más importantes de la novela. Gaarder nos recuerda que el asombro es el punto de partida de toda reflexión y que las preguntas más simples —¿Quién eres? ¿De dónde viene el mundo? ¿Cómo sabemos lo que creemos saber? — suelen conducir a las inquietudes más profundas de la existencia humana. Lo extraordinario no es solo que esas preguntas existan, sino que continúen acompañándonos a pesar del paso de los siglos.

A medida que avanzan los capítulos, emprendemos un recorrido por la historia de la filosofía. Conocemos a los pensadores presocráticos, quienes se atrevieron a buscar explicaciones racionales sobre la naturaleza y el origen del mundo en una época donde predominaban los relatos míticos y religiosos. Más allá de que sus respuestas hoy puedan parecernos insuficientes, su verdadero aporte fue abrir la posibilidad de pensar que el mundo podía comprenderse a través de la razón y la observación.

Aristóteles afirmaba que la filosofía nace del asombro. Más de dos mil años después, El mundo de Sofía parece recordarnos exactamente lo mismo: que las preguntas fundamentales siguen siendo las mismas, aunque hoy vivamos rodeados de tecnología, información inmediata y explicaciones disponibles a un clic de distancia. Mientras avanzaba en la lectura, comprendí que la novela no busca entregar respuestas definitivas. Por el contrario, muestra que examinar nuestras creencias y someterlas a reflexión es una parte esencial del crecimiento intelectual. Cuestionar nuestras ideas no significa rechazarlas automáticamente, sino comprender mejor por qué las sostenemos y si existen razones suficientes para mantenerlas. En este sentido, la filosofía no destruye certezas; más bien nos invita a construirlas de manera consciente.

Cada filósofo que aparece en la obra aporta una nueva forma de comprender la realidad. Algunos ponen el énfasis en la razón, otros en la experiencia, otros en la ética o en la libertad. Como lectores, participamos de una conversación que atraviesa generaciones y que demuestra que muchas de nuestras preocupaciones actuales ya habían sido pensadas siglos atrás. Quizás por ello considero que el mensaje más importante de la novela no es exclusivamente filosófico, sino profundamente humano. Los seres humanos no solo buscamos sobrevivir o acumular información; también necesitamos comprender quiénes somos, cómo debemos relacionarnos con los demás y qué sentido tiene nuestra existencia. La filosofía surge precisamente de esa necesidad de comprensión y reflexión que parece formar parte de nuestra condición humana.

Vivimos en una época en la que tenemos acceso a cantidades inmensas de información. Sin embargo, disponer de datos no es lo mismo que comprenderlos. La novela sugiere que el conocimiento requiere algo más que información: exige reflexión, capacidad crítica y disposición para revisar nuestras propias convicciones. En este sentido, la curiosidad no es simplemente un rasgo de personalidad, sino una actitud fundamental para aprender y comprender el mundo. Al terminar el libro, tuve la sensación de haber recorrido más de dos mil años de pensamiento humano y, al mismo tiempo, de haber reflexionado sobre preguntas profundamente personales. ¿Quién soy? ¿Qué puedo conocer? ¿Cómo debo vivir? Son interrogantes que la filosofía nunca ha resuelto de manera definitiva. Sin embargo, lejos de representar una debilidad, esa ausencia de respuestas finales es precisamente lo que mantiene vigente la búsqueda filosófica.

Debo reconocer que la filosofía nunca ha sido una disciplina fácil para mí. Muchas veces la sentí lejana, llena de conceptos complejos y discusiones difíciles de seguir. Sin embargo, El mundo de Sofía consiguió acercarme a ella de una manera accesible y entretenida. Más que enseñarme respuestas, me ayudó a descubrir el valor de formular mejores preguntas. Por todo esto, recomiendo esta novela no solo a quienes quieran acercarse a la filosofía por primera vez, sino también a quienes creen que nunca podrían interesarse por ella. En tiempos donde parece existir una respuesta inmediata para todo, Gaarder nos recuerda el valor de detenernos, observar y preguntarnos por aquello que damos por hecho. Y quizá eso sea lo más valioso que deja el libro: la sensación de que pensar, incluso cuando cuesta, sigue siendo necesario.

Carolina Molina.

¿Te pareció interesante? Comparte esta columna:

¿Te gustó este artículo?

Recibe nuevas publicaciones de CRC directamente en tu correo. Sin spam.

C

Escrito por Carolina Molina

Analista y colaborador en Centro de Reflexiones Críticas.

Servicio relacionado

Servicios CRC

Atención clínica, consultoría institucional y bienestar escolar con criterio técnico y pensamiento crítico.

Conocer servicio

CRC

Respondemos en minutos