El principito: infancia, asombro y aquello invisible a los ojos
Volver a Pensamiento Crítico
Crítica Literaria

El principito: infancia, asombro y aquello invisible a los ojos

Carolina Molina
26 May 2026

Una lectura sobre la infancia, la imaginación, el amor y la capacidad de asombro en el clásico de Antoine de Saint-Exupéry.

“Sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos”. Sin duda, esta frase —como muchas otras de la obra— se ha convertido en parte de la memoria colectiva. El principito es uno de esos clásicos que casi todos han leído alguna vez en la vida, independientemente de si les ha encantado o no (Saint-Exupéry, 1943, cap. 21).

Publicada en 1943, la obra de Antoine de Saint-Exupéry ha sido traducida a innumerables idiomas, incluso al sistema braille, al incluir a millones de almas lectoras alrededor del mundo. Resulta inevitable preguntarse cómo un relato aparentemente infantil, lleno de ilustraciones sencillas y delicadas, puede conducirnos hacia reflexiones tan profundas sobre la existencia humana.

Cuando navegué por estas páginas por primera vez ya era adulta, por lo que desconozco qué pudo haber significado para mí en la infancia. Aun así, al sumergirme en este pequeño universo de fantasía descubrí valores esenciales: la importancia del tiempo, la belleza de las cosas simples y la necesidad de conservar cierta inocencia para mirar el mundo. Como escribió Albert Camus en El hombre rebelde: “La verdadera generosidad hacia el futuro consiste en entregarlo todo al presente” (Camus, 1951, cap. “Rebeldía y moderación”).

A partir de la frase de Camus, no pude evitar relacionarla con una de las frases más memorables de El principito: “Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante” (Saint-Exupéry, 1943, cap. 21). En mi opinión, aquí reside una de las mayores enseñanzas de la obra: comprender que el amor, la amistad y los vínculos adquieren valor por el tiempo, el cuidado y la dedicación que entregamos a ellos.

Cuando era niña tenía demasiada imaginación, aunque rara vez la compartía. Tal vez por ese mismo miedo que el libro retrata tan bien: no ser comprendida por los adultos o ver apagadas las ilusiones por la lógica de las personas grandes. Saint-Exupéry escribe: “Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas y es cansador para los niños tener que darles siempre explicaciones” (Saint-Exupéry, 1943, cap. 1).

La idea reciente me hizo recordar mi propia infancia. No crecí rodeada de libros, pero sí de cancioneros llenos de palabras y melodías. Pasaba tardes enteras “leyendo” aquellas canciones impresas en pequeños libritos que, sin saberlo, alimentaron aún más mi imaginación y mis utopías. En El principito, la infancia no representa ingenuidad, sino una forma auténtica de sabiduría.

Friedrich Nietzsche concebía al niño —especialmente en Así habló Zaratustra— como símbolo de libertad, creación y pureza espiritual; alguien capaz de mirar el mundo sin el peso de los prejuicios. Y es precisamente esa mirada la que parece perderse al crecer. Evidentemente, se trata de un cuento lleno de magia, poesía y filosofía; cargado de ilusión, tal como me gusta vivir cada libro, sin importar el género.

Su lenguaje diáfano, natural y fluido nunca pierde la sencillez, el humor ni la sutil ironía. A través de imágenes delicadas y profundamente simbólicas, el narrador utiliza recursos literarios memorables al decir lo siguiente: “Cuando enciende el farol es como si hiciera nacer una estrella más, o una flor”, “¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!” o, por ejemplo, “Y por la noche me gusta oír las estrellas” (Saint-Exupéry, 1943).

Todo en esta obra parece escrito para recordarnos aquello que la vida adulta suele arrebatarnos lentamente: la capacidad de asombro. Creo que este libro es uno de esos libros cuyo argumento es conocido de antemano, incluso sin haberlo leído. Ha sido estudiado, reinterpretado, reeditado y amado durante décadas, enriqueciendo la literatura universal.

Todos reconocen a ese pequeño hombrecito de cabellos dorados, de mirada melancólica y bufanda eterna, que aparece inesperadamente en la vida del narrador. Todos recuerdan la caja del cordero, el zorro, la rosa, las puestas de sol y las preguntas insistentes de aquel niño curioso que jamás renunciaba a obtener respuestas.

Pero más allá de su apariencia de cuento infantil, la obra reflexiona sobre temas profundamente humanos: la amistad, el amor, la ingenuidad, la ternura, la honestidad, la esperanza y la necesidad de comprender al otro. Y, al mismo tiempo, cuestiona la vanidad, la ambición vacía, el poder inútil, la soledad egoísta y la absurda obsesión del ser humano por poseerlo todo.

En un mundo dominado por las apariencias, la rapidez y el progreso incesante, El principito continúa invitándonos a mirar más allá de la superficie y a buscar el verdadero sentido de las cosas. Porque, como afirma su protagonista: “Los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón” (Saint-Exupéry, 1943, cap. 25).

Quizás por eso esta obra sigue sobreviviendo al tiempo: porque no habla únicamente de un niño perdido entre planetas, sino también de la parte más frágil, sensible y olvidada de nosotros mismos. Como dijo Jorge Luis Borges: “Uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe” (Borges, 1960, p. 11).

Y tal vez El principito sea precisamente uno de esos libros que nos acompaña toda la vida, esperando ser comprendido de manera distinta en cada etapa, porque parece un libro infantil hasta que uno crece lo suficiente para entenderlo. De tal manera que “Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; descubriré el precio de la felicidad. Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón” (Saint-Exupéry, 1943, p. 72).

Referencias

Borges, J. L. (1960). El hacedor. Emecé Editores.

Camus, A. (1951). El hombre rebelde. Emecé Editores.

Nietzsche, F. (2011). Así habló Zaratustra (A. Sánchez Pascual, trad.). Alianza Editorial.

Saint-Exupéry, A. de (1943). El principito. Reynal & Hitchcock.

¿Te gustó este artículo?

Recibe nuevas publicaciones de CRC directamente en tu correo. Sin spam.

C

Escrito por Carolina Molina

Analista y colaborador en Centro de Reflexiones Críticas.

Servicio relacionado

Servicios CRC

Atención clínica, consultoría institucional y bienestar escolar con criterio técnico y pensamiento crítico.

Conocer servicio

CRC

Respondemos en minutos