Medicalizar la infancia: Control y salud mental en las residencias de Mejor Niñez
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Salud Mental

Medicalizar la infancia: Control y salud mental en las residencias de Mejor Niñez

Camilo Gallyas J.
03 Abr 2026

En muchas residencias, el uso de psicofármacos es una práctica extendida. No se trata únicamente de tratamientos psiquiátricos bien indicados —que sin duda tienen un lugar—, sino de algo más amplio y más difuso.

En los últimos años, la salud mental infantil ha adquirido un lugar central en el debate público. Se habla de crisis, de aumento de diagnósticos, de la necesidad de intervenir tempranamente. Sin embargo, estas discusiones adquieren una intensidad particular y, al mismo tiempo, una preocupante opacidad: las residencias de protección del Servicio Mejor Niñez. Allí, donde viven niños, niñas y adolescentes que han sido gravemente vulnerados en sus derechos, el cuidado no solo implica proteger, sino también interpretar, sostener y acompañar un sufrimiento complejo. La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿qué estamos haciendo cuando medicamos a los niños?

En muchas residencias, el uso de psicofármacos es una práctica extendida. No se trata únicamente de tratamientos psiquiátricos bien indicados —que sin duda tienen un lugar—, sino de algo más amplio y más difuso. Frente a episodios de agresividad, desregulación emocional o conductas disruptivas, la respuesta suele ser rápida: ajustar dosis, agregar fármacos o recurrir a medicamentos “SOS”. Incluso existe una práctica cada vez más frecuente: el “SOS preventivo”: Administrado aún cuando no hay crisis, sino cuando se anticipa que podría eventualmente ocurrir. Esta práctica no es menor. Marca un desplazamiento significativo: ya no se trata solo de tratar un malestar, sino de gestionar la posibilidad de que ese malestar irrumpa. En otras palabras, se pasa de la clínica psiquiátrica al control. Para entender este fenómeno, resulta útil mirar más allá del campo estrictamente médico. El filósofo Michel Foucault hablaba de la “biopolítica” para referirse a las formas en que las sociedades modernas gestionan la vida de las poblaciones, regulando sus cuerpos, conductas y riesgos. En este marco, la salud —y particularmente la salud mental— se convierte en un terreno privilegiado de intervención. No se trata solo de curar enfermedades, sino de producir comportamientos previsibles, reducir incertidumbres y asegurar el funcionamiento de los sistemas.

Algo de esto parece ocurrir en las residencias. Los niños no son solo sujetos de cuidado; también son, muchas veces, percibidos como potenciales focos de desorden. Un niño que grita, que golpea, que se sube a un techo o que se niega a obedecer una instrucción no es solo alguien que sufre: es también alguien que pone en riesgo la convivencia, la seguridad, la rutina. Y frente a ese riesgo, el psicofármaco aparece como una herramienta eficaz, rápida y socialmente legitimada. El problema es que, en ese proceso, algo se pierde. O más bien, algo deja de ser preguntado: ¿qué está diciendo ese niño con su conducta? Desde el psicoanálisis, las llamadas “conductas disruptivas” no se entienden simplemente como fallas en el control de impulsos o déficits atencionales. Muchas veces son formas de expresión de un malestar que no ha podido ser simbolizado. Cuando un niño no puede decir lo que le pasa, actúa, grita, golpea, huye, rompe. No porque quiera desordenar, sino porque no tiene otra vía disponible. En el contexto residencial, esto es especialmente relevante. Estamos hablando de niños que han vivido abandono, negligencia, violencia, rupturas vinculares reiteradas. Su historia está marcada por experiencias que muchas veces no han encontrado palabras. Pretender que su sufrimiento se exprese de manera ordenada, verbal y comprensible es, en cierto sentido, desconocer la magnitud de lo que han vivido.

Sin embargo, la lógica institucional tiende a operar en sentido contrario. Lo que aparece como urgente no es comprender, sino estabilizar. No es escuchar, sino contener. Y en ese escenario, la medicación ofrece una solución concreta: disminuye la intensidad de las conductas, reduce los episodios críticos y facilita la gestión cotidiana. Pero ¿qué es lo que no se escucha? Pensemos en un caso concreto. Un niño de once años, con múltiples diagnósticos —TDAH, trastorno de la conducta, trauma complejo— y un esquema farmacológico que incluye litio, clozapina y medicación SOS. En la residencia es conocido como “disruptivo”, “difícil”, “de riesgo”. Sus crisis aparecen, sobre todo, en momentos específicos: cuando se le pide terminar el juego, entrar a la casa, cumplir una rutina. Frente a estas situaciones, responde subiendo a los árboles, golpeando a otros niños o armando lo que él mismo llama un “show”. La respuesta institucional es predecible: intervención del equipo y, muchas veces, administración de un fármaco SOS.

Ahora bien, ¿qué ocurre si en lugar de responder automáticamente con medicación se intenta entender qué está pasando ahí? Al observar con más detención, se hace evidente que esos episodios no son aleatorios. Aparecen en momentos de transición, donde el juego —un espacio de relativa libertad— es interrumpido abruptamente por órdenes. Aparecen también en contextos de frustración, de incertidumbre, de tensiones vinculares. En otras palabras, no son simples explosiones sin sentido, sino respuestas a situaciones específicas. Cuando se introduce un trabajo clínico distinto —más lento, más atento al vínculo— algo comienza a cambiar. Un apodo, “comandante”, tomado de un juego, se transforma en un punto de anclaje simbólico. Un espacio de juego compartido, donde se construyen objetos, al permitir canalizar parte de la inquietud y la agresividad. No desaparecen las dificultades, pero las crisis disminuyen en intensidad y frecuencia. El niño logra sostener su asistencia a la escuela, se reduce la necesidad de intervenciones urgentes. Lo importante aquí no es romantizar la intervención ni negar el lugar de los fármacos. El niño sigue medicado. Pero ya no es solo un cuerpo a regular; es un sujeto con quien se establece un vínculo. Este punto es crucial. El problema no es la existencia de psicofármacos, sino su uso automático, descontextualizado, como respuesta única. Cuando la medicación se convierte en la primera y casi única herramienta, corre el riesgo de silenciar aquello que debería ser escuchado.

Centrar el problema en el niño tiene otro efecto: invisibiliza el rol de la institución. Muchas de las llamadas “descompensaciones” no ocurren en el vacío, sino en un entramado específico de normas, tiempos y vínculos. Rutinas rígidas, cambios abruptos, mensajes contradictorios desde los adultos, cancelaciones de visitas familiares, cierres de proyectos: todo esto configura un escenario que incide directamente en el malestar de los niños. En este sentido, no es exagerado plantear que parte del problema no está solo “en” el niño, sino también “en” la institución. Sin embargo, es mucho más fácil medicar a un niño que transformar una lógica institucional. Es más rápido ajustar una dosis que revisar prácticas, abrir espacios de reflexión o tolerar el conflicto. El psicofármaco, en este contexto, no solo regula la conducta del niño, sino que también alivia la angustia de los adultos y facilita el funcionamiento del sistema.

La pregunta entonces se vuelve incómoda: ¿a quién estamos tranquilizando cuando medicamos? Plantear esto no implica desconocer las dificultades reales que enfrentan los equipos de las residencias. Trabajan en condiciones complejas, con alta demanda, recursos limitados y una presión constante por evitar incidentes. Tampoco se trata de demonizar la medicación, que en muchos casos es necesaria y beneficiosa. Se trata, más bien, de abrir una pregunta ética y clínica. ¿Es posible sostener espacios en los que el malestar no sea inmediatamente silenciado? ¿Es viable escuchar lo que se juega en una conducta antes que intervenir sobre ella? ¿Podemos pensar la salud mental más allá de la lógica del control?

El psicoanálisis, con todas sus limitaciones, ofrece una orientación. No propone eliminar el síntoma, sino escucharlo. No busca imponer orden, sino abrir un espacio donde algo del sujeto pueda decirse. En contextos como las residencias infantiles, esto no siempre es fácil ni rápido. Requiere tiempo, presencia, continuidad. Requiere tolerar cierto grado de desorden. Pero también puede producir efectos. No necesariamente espectaculares, pero sí significativos: una disminución de las crisis, una mayor estabilidad, una posibilidad de vínculo. Tal vez el desafío no sea elegir entre medicar o no medicar, sino dejar de pensar esa decisión como automática. Volver a preguntarse, cada vez: ¿qué está pasando aquí? ¿Qué se está jugando en este acto? ¿Qué lugar tiene este niño en el dispositivo en el que vive? En una época donde todo tiende a ser cuantificado, diagnosticado y regulado, detenerse a escuchar puede parecer un gesto menor. Sin embargo, en el caso de niños que han sido sistemáticamente desoídos, puede ser una intervención profundamente transformadora. Porque, en definitiva, no se trata solo de reducir síntomas, sino de ofrecer algo que muchas veces ha faltado desde el inicio: un lugar donde alguien esté dispuesto a escuchar antes que de intentar callar.

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Escrito por Camilo Gallyas J.

Analista y colaborador en Centro de Reflexiones Críticas.

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