La patologización del malestar en el neoliberalismo: desafíos para la clínica psicoanalítica
Volver a Pensamiento Crítico
Salud Mental

La patologización del malestar en el neoliberalismo: desafíos para la clínica psicoanalítica

Camilo Gallyas
03 Ago 2026

Vivimos en una época en la que el rendimiento se ha convertido en una medida central del valor personal. Comprender las manifestaciones de ansiedad, depresión, cansancio crónico y burnout únicamente como trastornos individuales puede ocultar las condiciones sociales, laborales y políticas que participan en su producción.

Vivimos en una época en la que el rendimiento se ha convertido en una medida central del valor personal. Trabajar más, adaptarse rápidamente, mantenerse disponible, gestionar las emociones y transformar cada dificultad en una oportunidad de mejora son exigencias que atraviesan la vida cotidiana. En este escenario, no sorprende la frecuencia de consultas por ansiedad, depresión, cansancio crónico, dificultades atencionales, desbordes afectivos y burnout. Sin embargo, comprender estas manifestaciones únicamente como trastornos individuales puede ocultar las condiciones sociales, laborales y políticas que participan en su producción.

El neoliberalismo no es solamente un modelo económico. También es una racionalidad política y social que organiza instituciones, vínculos e ideales en torno al mercado, la competencia y la responsabilidad individual. Problemas que antes podían pensarse como asuntos colectivos —la precariedad laboral, la desigualdad, la deuda o el debilitamiento de la protección social— son trasladados progresivamente hacia las personas. De este modo, el malestar tiende a interpretarse como una dificultad privada de adaptación, mientras sus determinaciones sociales quedan relegadas (Araujo, 2025, pp. 39-40).

Esta racionalidad produce una figura particular de sujeto: alguien que debe administrarse como si fuera una empresa. Cada persona aparece como responsable de invertir en sus capacidades, optimizar su tiempo, anticipar riesgos y convertir su trayectoria en un proyecto rentable. A partir de la noción foucaultiana de gubernamentalidad, Castro-Gómez plantea que el poder contemporáneo no actúa solamente mediante prohibiciones o imposiciones externas. También conduce la conducta de los individuos, al promover formas de autorregulación y modos de comprender la vida como responsabilidad personal (Castro-Gómez, 2010, p. 12).

En ese sentido, el neoliberalismo gobierna a través de la libertad. No busca simplemente sujetos obedientes, sino individuos autónomos que actúen sobre sí mismos, administren sus riesgos y respondan por las consecuencias de sus decisiones. La libertad deja así de ser únicamente una oposición al poder y se convierte en uno de sus instrumentos: se gobierna al sujeto estimulándolo a elegir, competir y optimizarse (Castro-Gómez, 2010, p. 169). El ideal resultante es el «empresario de sí», encargado de gestionar sus competencias como capital personal (Castro-Gómez, 2010, p. 171). Este proceso transforma el significado del fracaso y del límite. Bajo consignas como «querer es poder», «nada es imposible» o «todo depende de ti», el cansancio deja de ser una señal de condiciones excesivas y comienza a vivirse como debilidad. La ansiedad se interpreta como falta de regulación emocional; la imposibilidad de sostener el ritmo como insuficiencia; y la caída del rendimiento como culpa. Si el éxito depende exclusivamente del esfuerzo individual, el fracaso sólo puede atribuirse a una gestión deficitaria de sí mismo.

Las transformaciones contemporáneas del trabajo permiten observar con claridad esta lógica. Stecher describe la empresa flexible como un dispositivo de gobierno que no demanda únicamente cumplir tareas, sino también iniciativa, disponibilidad, adaptación continua y compromiso subjetivo. El trabajador es interpelado como alguien autónomo, flexible y responsable de actualizar permanentemente sus competencias (Stecher, 2015, p. 1787). Ya no basta con trabajar: es necesario concebirse a uno mismo como alguien eficiente, competitivo y empleable.

La lógica laboral invade entonces espacios antes asociados al descanso, la intimidad y el ocio. El tiempo libre se convierte en una oportunidad para capacitarse, emprender, ampliar redes o mejorar el cuerpo. La personalidad, la imagen y los afectos son incorporados al rendimiento. El problema no consiste solo en trabajar demasiadas horas, sino en que la vida entera comienza a organizarse como capital que debe conservarse, desarrollarse y rentabilizarse. En este contexto, el burnout puede comprenderse como un límite extremo frente a la exigencia de disponibilidad ilimitada. Quien se quema no está únicamente fatigado por la cantidad de tareas; está agotado de demostrar constantemente su utilidad, flexibilidad y capacidad de adaptación. El colapso aparece cuando ya no es posible responder al ideal que ordena superarse sin descanso. Entenderlo como una falla individual en el manejo del estrés, puede reforzar precisamente la lógica que contribuyó a producirlo.

La depresión adquiere también una significación particular. Han sostiene que el sujeto de rendimiento ya no se encuentra dominado principalmente por una prohibición exterior, sino por un exceso de positividad y posibilidad. En una sociedad que proclama que todo puede lograrse, la experiencia de «no poder más» se transforma en autorreproche y violencia dirigida contra uno mismo (Han, 2012, p. 31). La inhibición, la pérdida de energía y la caída del deseo son vividas como pruebas de no estar a la altura.

La salud mental queda profundamente atravesada por esta racionalidad. Muchas demandas clínicas se formulan como solicitudes de herramientas para volver a funcionar: controlar la ansiedad, organizar el tiempo, recuperar la productividad o tolerar mejor la presión. Estas peticiones son comprensibles, especialmente cuando el sufrimiento interfiere con la vida cotidiana. Sin embargo, contienen una idea implícita de cura: reparar rápidamente al individuo para reintegrarlo al circuito que contribuyó a enfermarlo.

El riesgo es que la psicoterapia se transforme en una tecnología de adaptación. Si la intervención se limita a enseñar técnicas para soportar ritmos imposibles, vínculos precarizados o condiciones laborales abusivas, puede reforzar la responsabilización individual. La pregunta «¿qué te pasa?» queda separada de otras igualmente necesarias: ¿qué condiciones producen este sufrimiento?, ¿qué mandato de rendimiento organiza la vida del sujeto?, ¿qué ideales sostienen su imposibilidad de detenerse?

Una viñeta clínica permite ilustrar esta tensión. María —nombre y datos modificados para preservar la confidencialidad— es una médica migrante de mediana edad, que trabaja en atención primaria y realiza además turnos hospitalarios de urgencia. Llega a la consulta llorando, sobrepasada y con una persistente sensación de explotación. Refiere episodios de violencia y xenofobia por parte de usuarios, junto con semanas laborales cercanas a las ochenta horas. Su demanda inicial es recibir herramientas de autocuidado para resistir la situación sin quebrarse. La escena muestra una forma frecuente de presentación del malestar contemporáneo: se pide ayuda para continuar funcionando. Una respuesta exclusivamente técnica podría ofrecer regulación emocional, organización del tiempo o manejo del estrés. Estas herramientas pueden ser útiles, pero resultan insuficientes si dejan intactas tanto las condiciones de explotación como el mandato subjetivo que obliga a sostenerlas.

La intervención psicoanalítica introduce otra temporalidad. No toma la demanda de herramientas al pie de la letra, sino que abre una pregunta por la posición del sujeto frente a aquello que lo hace sufrir. En el relato de María aparecen expresiones como «cabeza de familia», «no equivocarse» y «libertad financiera». Estos significantes no niegan la precariedad, la violencia institucional ni la discriminación. Permiten explorar cómo esas condiciones se articulan con ideales propios vinculados al deber, la responsabilidad y la imposibilidad de fallar.

La clínica no debería escoger entre una explicación puramente social y otra exclusivamente individual. Reducir el padecimiento a las condiciones externas puede borrar la singularidad; convertirlo solo en un trastorno interno puede ocultar las relaciones de poder implicadas. El desafío consiste en sostener ambas dimensiones: reconocer la violencia del contexto y escuchar la forma particular en que cada sujeto responde a ella. Desde esta perspectiva, el síntoma no es solamente un obstáculo que debe eliminarse. También puede funcionar como un límite frente a una exigencia ilimitada. El cansancio, la inhibición o la imposibilidad de seguir rindiendo, pueden señalar que algo ya no consiente plenamente al mandato social. La tarea clínica no consiste en romantizar el sufrimiento, sino en escuchar qué expresa y qué posibilidad de transformación abre.

El aporte del psicoanálisis reside en no confundir la cura con la adaptación del paciente. Allí donde el neoliberalismo responsabiliza al individuo por aquello que excede su control, la clínica puede devolver complejidad al malestar, articularlo con el lazo social y preservar la singularidad. El objetivo no sería fabricar un sujeto más eficiente, sino permitirle interrogar los ideales que lo empujan, reconocer sus límites y construir una relación menos devastadora con el deber y el rendimiento.

Referencias

Araujo, K. (2025). El circuito del desapego: Neoliberalismo, democratización y lazo social. Pólvora.

Castro-Gómez, S. (2010). Historia de la gubernamentalidad: Razón de Estado, liberalismo y neoliberalismo en Michel Foucault. Pontificia Universidad Javeriana, Instituto Pensar; Universidad Santo Tomás.

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder. (Trabajo original publicado en 2010).

Stecher, A. (2015). La empresa flexible como dispositivo de gobierno. Aportes de la analítica de la gubernamentalidad al estudio de las subjetividades laborales en América Latina. Universitas Psychologica, 14(5), 1779-1794.

¿Te pareció interesante? Comparte esta columna:

¿Te gustó este artículo?

Recibe nuevas publicaciones de CRC directamente en tu correo. Sin spam.

C

Escrito por Camilo Gallyas

Psicólogo clínico

Servicio relacionado

Atención clínica

Evaluación, intervención y acompañamiento especializado en salud mental e infancia.

Conocer servicio

Canal crítico CRC

Orientación inmediata

Consulta prioritaria para riesgo suicida, desregulacion grave o episodios criticos con ninos, ninas, adolescentes, familias o comunidades educativas.

Modalidad: llamada, videollamada o asistencia presencial si se requiere.

Duracion: 40 a 60 minutos.

Valor: 2 UF (valor UF del dia).

Alcance: diagnostico inicial, contencion, intervencion critica y plan de trabajo.

El checkout se abre con el monto cargado automaticamente: 2 UF.

CRC

Respondemos en minutos

La patologización del malestar en el neoliberalismo: desafíos para la clínica psicoanalítica | Pensamiento Crítico | CRC | Centro de Reflexiones Críticas