
Los tecnócratas de la infancia pobre en Chile
Para hablar de la infancia pobre en Chile debemos ingresar al juego del poder y del saber. Vale decir, a lo que Michel Foucault entendió en Vigilar y Castigar.
Para hablar de la infancia pobre en Chile debemos ingresar al juego del poder y del saber. Vale decir, a lo que Michel Foucault entendió en Vigilar y Castigar: El nacimiento de la prisión, bajo la fórmula poder-saber. Las reglas consisten en entender a la niñez, a través del derecho o de la clínica, sea ésta psicológica o médica. La discusión pública en torno a las políticas de infancia en Chile, se ha reducido al rol de los expertos de formación jurídica y de pretensión de las ciencias psi. Como efecto de lo anterior, la infancia ha sido comprendida como un problema de vulneración de derechos, o entendida bajo el término de “paciente”. En suma, un reduccionismo que deja entrever la funcionalidad de mecanismos disciplinarios y coercitivos, por un lado, e intervenciones científicas y terapéuticas por otro. Bajo esta racionalidad, está construida toda la terapéutica especializada de la niñez pobre en Chile. La verdad y las formas jurídicas tendrán para el niño pobre la siguiente modalidad: su encierro en residencias familiares, o en cárceles para delincuentes juveniles. En cualquier caso, los datos nos indican que siempre se trata de una infancia precaria.
En Chile, nunca antes se habían publicado tantas columnas de opinión sobre la infancia. Nunca antes había habido tantos expertos en niñez. Sin embargo, nunca antes durante este siglo, la infancia había empeorado objetivamente sus condiciones de vida. En otras palabras, toda la evidencia publicada, nos indica un empobrecimiento material y un deterioro del bienestar emocional de niños, niñas y adolescentes. En este contexto, los tecnócratas de la infancia repartidos por el cuerpo social, escriben desde la legitimidad de sus credenciales académicas o en cargos directivos en fundaciones. La mayoría de ellos, especialistas en políticas públicas, representan la organización del sentido común universitario. He aquí, a toda una microfísica del poder: Abogados, jueces, fiscales, psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas, sociólogos e ingenieros comerciales (los trabajadores sociales no escriben), habitualmente dirigen sus textos a papers en revistas académicas que nadie lee, salvo ellos. Cuando los tecnócratas se interesan por la escritura en medios de prensa, sus columnas de opinión, resultan impolíticas y funcionales al poder. Además de un férreo interés por la técnica y la legitimación de los datos, los estudios basados en evidencias, entre otras intervenciones especializadas, están totalmente desproveídos de las determinaciones de clase de donde proviene la infancia pobre. En la definición de políticas públicas en salud mental infantil, al indagar sobre la trayectoria de estos expertos, no existe en la mayoría de ellos, ninguna publicación sobre estratificación social o desigualdad. En muchas investigaciones empíricas actuales, se mencionan por ejemplo, determinantes sociales de la salud, pero no existe interés por profundizar en lo que Didier Fassin llamó “biodesigualdad”. En muchas publicaciones, el término “desigualdad”, es casi inexistente.
Ahora bien, bajo este gobierno “progre”, los tecnócratas de izquierda que anteayer jugaron un papel disidente de las políticas de derechas, hoy exhiben un rol silente, enmudecido y despolitizado, reducido a colaboraciones en comisiones de expertos que no tienen impacto en la vida infantil. Dichas comisiones, nunca han incorporado genuinamente la participación de la niñez institucionalizada, huérfana, abandonada, expósita y huacha. Tanto la escritura, como la investigación de la tecnocracia más educada, no tienen un ethos crítico. He aquí, que el discurso tecnocrático es, ante todo, un discurso “pestífero”. Vale decir, “un discurso que sirve al discurso capitalista en el sentido de que no se moverá hacia una salida con respecto de él”.
Este discurso pestífero ha inoculado nuestra época. Ejemplo de ello, es el bajo interés de las ciencias sociales por la infancia. Las universidades, no solo no producen críticos sociales, sino que tampoco desarrollan compromiso crítico con las formas precarias de vida. Basta prestar atención al escaso involucramiento con las políticas de la calle, la infancia institucionalizada o el sinhogarismo.
En función de la niñez pobre, nos ha interesado comprender cómo en Chile, la historia de la infancia ha llegado a ser lo que es. En otras palabras, cómo la niñez pobre ha llegado a requerir de la intervención estatal para la gestión de su vida y sobrevivencia. Por ello, conviene recordar, que la historia de la infancia desde la Grecia antigua a la fecha, no ha obrado a su favor. El término “infans” en su etimología romana, como “aquél que no habla”, como aquél que “no está autorizado a hablar”, es también el que “puede ser abandonado”.
A diferencia de lo que Foucault señaló en La Voluntad de Saber, al decir que la sexualidad es el dispositivo en el que con mayor fuerza se expresaba la dominación, afirmamos que Foucault frente a este respecto estaba equivocado. La sexualidad es un territorio en el que se ejerce la dominación, no de la forma más brutal, pero sí de la forma más polémica. En cambio, el campo de mayor dominación y sometimiento pertenece a la infancia, particularmente la infancia pobre.
El campo de tecnócratas y expertos está mucho más interesado en la legitimación de sus intervenciones especializadas y específicas, que en el desarrollo de la subjetividad infantil. El campo de la infancia está repleto de intervenciones coercitivas y de clínicas sin sujetos. La psicología clínica contemporánea, enfatiza más el éxito de sus modelos terapéuticos, que el de la mejoría real de sus pacientes. La evidencia por ejemplo, “muestra que estamos haciendo bien las cosas, pero nuestros pacientes no mejoran”. Una situación similar es la que ocurre con la intervención psicosocial del Servicio de Protección Especializada. Aun cuando su intervención técnica es precaria, coercitiva y de mala calidad, la publicidad de sus redes sociales indica que la infancia cada vez está mejor. Ninguna palabra sobre el desastre que existe con las dramáticas cifras de niñas, niños y adolescentes explotados sexual y comercialmente. He aquí, que la publicidad estatal es impúdica. Permítannos recordarles a los tecnócratas de gobierno y también a los de la sociedad civil, que de acuerdo a toda la evidencia, -a su propia evidencia-, que la niñez pobre está cada vez peor.
¿No resulta curioso que las redes sociales del Servicio de Protección Especializada estén repletas de autocomplacentes seminarios y coffee break, mientras toda la infancia sufre cotidianamente sus condiciones de vida? Permítannos recordarles: No hay nada que celebrar.

Escrito por Juan Carlos Rauld
Director Editorial & Consultor en Ciencias Sociales