Prácticas adultocéntricas que ponen en riesgo la infancia
La comodidad y los intereses de las personas adultas no pueden estar por encima de las necesidades de niños y niñas. Construir una cultura del cuidado exige reconocer riesgos, respetar sus tiempos y asumir la protección como una tarea colectiva.
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Paulina Lara Riquelme
29 Sep 2026
Los tres hechos dramáticos y lamentables ocurridos durante la recién pasada celebración de Fiestas Patrias —un niño de 9 años que falleció luego de caer desde un noveno piso, aparentemente con una malla en mal estado, en Santiago; otro niño de 7 años encontrado inconsciente por deshidratación al interior de un automóvil estacionado en el sector SOFO, en Temuco; y dos niños de 3 y 5 años que se encuentran en riesgo vital producto de un accidente de tránsito ocurrido mientras viajaban junto a sus padres por la Ruta de la Madera, en el Gran Concepción— nos hacen cuestionar la manera en que pensamos y comprendemos la niñez.
Los niños no son personas en proceso ni objetos de cuidado: son sujetos de derecho. Así lo establece la Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por Chile, que en su artículo 27 señala la responsabilidad de madres, padres y tutores de proporcionar, en la medida de sus posibilidades, las condiciones de vida necesarias para el desarrollo de la infancia. Del mismo modo, reconoce el deber del Estado de garantizar el derecho de todo niño y niña a un nivel de vida adecuado para su desarrollo físico, espiritual, moral y social, lo cual incluye la protección y el cuidado.
Sin embargo, en las prácticas cotidianas esto no siempre ocurre. Dejamos de proteger a los niños cuando privilegiamos nuestro bienestar e intereses por sobre sus necesidades; cuando somos incapaces de identificar los riesgos que los rodean y nuestras decisiones los exponen a situaciones de alta vulneración. Pero también dejamos de protegerlos cuando son ellos quienes deben adaptarse a un mundo diseñado para adultos, enfrentando condiciones inadecuadas para su bienestar: dormir en espacios improvisados por participar en actividades pensadas para adultos, alterar sus rutinas o, más grave aún, ver reducidos sus espacios de seguridad y protección.
La comodidad y los intereses de los adultos no pueden estar por encima de las necesidades de los niños. No se trata de dejar de salir, de no celebrar o de realizar exclusivamente actividades infantiles, sino de que ambos mundos coexistan de manera respetuosa, equilibrada y segura, poniendo siempre a los niños en el centro. Como sociedad, tenemos la responsabilidad ética de promover el cuidado efectivo de la niñez a través de la educación, la concientización y el reconocimiento de aquellas prácticas adultocéntricas que menoscaban su vida y los exponen a situaciones que, en muchos casos, podrían prevenirse.
Para construir una cultura del cuidado requerimos mucho más que prevenir accidentes. Implica reconocer que los niños deben estar en lugares seguros que resguarden su integridad, pues tienen necesidades, tiempos y formas de participar que deben ser atendidas y respetadas. Por lo tanto, como comunidad, es importante no cuestionar a las familias cuando resguardan las rutinas, el descanso o la seguridad de sus hijas e hijos, evitando expresiones como «no seas exagerado», «los niños se adaptan con más facilidad» o «la crianza ahora es muy sobreprotectora». Estas frases solo deslegitiman los cuidados responsables de padres y cuidadores.
Es fundamental que, como comunidad, seamos una red de apoyo: ofrecer ayuda sin juicios, estar atentos a situaciones de riesgo, frenar conductas temerarias y denunciar acciones negligentes. Una sociedad cuidadora no permanece indiferente frente a los riesgos que enfrentan los niños; los reconoce, analiza y problematiza para actuar conjuntamente. La protección de los niños no es una responsabilidad exclusiva de las familias o cuidadores: constituye una tarea colectiva que nos interpela a todos como sociedad.
Escrito por
Paulina Lara Riquelme
Terapeuta Ocupacional.
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